martes, 3 de febrero de 2009

La remera de Vedder

Me gustaría poder traer toda mi música a la computadora del trabajo, pero no puedo. No importa, es sólo una comodidad; mientras tanto, escucho desde Internet: páginas como goear.com me dejan escuchar más o menos lo que quiera; en YouTube hay, además de videos musicales y shows en vivo, discos subidos con la foto de la tapa del disco a modo de video. O sea que, al final del día, escuché casi lo que quise.
Las veces que no escucho lo que quiero, tampoco son catastróficas: a lo sumo no encuentro la canción, la versión que quiero o, como en la mayoría de los casos, no se me ocurre qué tengo ganas de escuchar, ergo, no lo busco.
Pensando indeciso qué hacer sonar, no encontré en mi mente lo que necesitaba, y fui por lo seguro: recital de Pearl Jam en Argentina, nunca falla. Hace años que intento escribir sobre este show, estos shows, pero me cuesta más de lo que pueda superar. Aparentemente, escribir sobre las cosas que me parecen indescriptibles, irrepetibles, insuperables, se transforma en una tarea obstaculizada por mi falta de objetividad, y el inevitable sesgo de lo escrito hacia la alabanza y admiración. La falta de recursos para relatar algo que, ni habiéndolo vivido, puedo describir. Cualquier explicación que formule sobre la performance de ese grupo en el estadio de Ferro aquel 25 y 26 de noviembre del 2005 me parece insuficiente, no se acerca ni remotamente a lo que realmente fue y lo que yo sentí.
Con estos inconvenientes aclarados, quizás sienta algo más de libertad para relatar algo para lo que aún no se inventaron palabras. El primer ofrecimiento de YouTube fue la versión de Black del primer día que tocaron: le di click, sabiendo lo que venía: abstraerme del trabajo, dejar todo de lado por esos nueve minutos y pico, devolverme al medio del campo del show y disfrutar de nuevo lo que sin duda fue el momento musical más desilusionadamente esperado de mi vida (la esperanza era falsa; mientras veía cómo las bandas con las que soñaba ver en vivo se disolvían o ya llevaban años sin existir, Pearl Jam era una que se mantenía, pero las chances de que viajaran a Argentina eran inconsiderables, la confirmación de su visita fue alegría, regocijo, pero más que nada: sorpresa. Ni yo, ni el resto de los amantes de Pearl Jam, gracias a los cuales el recital fue tan perfecto -para decirlo de una forma mundana-, creíamos que iba a pasar. Eso también ayudó: el noventa por ciento de los que asistieron al show no lo sentían como un simple recital de rock, sino como una obligación premortem, un sueño nunca tan cercano).


Como en todo el concierto, gracias a horas, días y semanas de escuchar discos de PJ en vivo, al primer acorde veía venir la canción. ¡Blaaack! escandalicé desde el pasto, mientras empezaba a avanzar entre casi-tan-enardecidos-como-yo fans. Casi. El ‘casi’ duró poco: cantando a los gritos, rodeado de gritones, pasé del disfrute al descontrol, de la emoción a la locura… mientras pasaba por la locura, todos estos sentimientos se aunaron: remera en mano, desenfrenado me hice un espacio para tomar carrera, empuje gente para atrás y salí disparado en los dos metros que había logrado vaciar por un instante sin medida; uno, dos, tres pasos de carrera y tiré la remera, debía estar a unos veinticinco metros, le tiré la remera a la banda, esperando que llegue al escenario con la misma ilusión que había tenido de verlos en vivo durante tantos años: ninguna.
La remera, pesada por la transpiración, voló por la cancha como si fuera una pelota en medio de un partido, dejó en el camino a todos los fanáticos sin control que había en el campo, cruzó la valla de seguridad… y cayó, hasta ahí llegó: entre la valla y el escenario, donde los Goliatianos hombres de seguridad cuidaban con recelo el metro que separa a las hordas de la banda. Hasta ahí llegó: cruzó la valla y cayó.


“¡Es tu remera! ¡Es tu remera!”, rugían los desconocidos que me rodeaban, aquellos que habían seguido mi atlético lanzamiento. Lloré, lloré emocionado, enloquecido, descontrolado, lloré con ese cocktail de sensaciones que se había apoderado de mi.
Era mi remera.
Al igual que los desconocidos que me gritaban, Eddie Vedder había seguido la trayectoria de mi camiseta, atravesando al público, la valla… y cayendo. En medio de un solo de Mike McCready que prolongaba la genialidad de la canción, el cantante de Pearl Jam se aproximó al borde del escenario y le hizo señas de posesión a un hombre de seguridad, con morisquetas dibujó algo como “pasame eso, es para mi”.
El micrófono en la mano derecha, a punto de retomar con la letra, el pedazo de tela voladora que le había reclamado al cuidador en la izquierda. Empezó a cantar con una mano; la otra la elevó, mostró su trofeo a modo de agradecimiento.
“¡Es tu remera! ¡Es tu remera!”, testificaban los desconocidos. Era mi remera. Ahora es de ellos, es un recuerdo de Pearl Jam del mejor concierto de música que dieron en su vida.

Y en la mía.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

El mejor recital de mi vida, lejos. No falto nada.

PiniPon dijo...

excelente la definición de "obligación premortem"...para mi no fue Pearl Jam...fue Metallica en el '99...y la exacta sensación de nunca saber por donde empezar a contar lo que paso esa noche.

creo q igual lograste con éxito transmitir algo de la emoción y la locura, el llanto y la sorpresa que generan ese tipo de recitales que uno nunca espero tener en repertorio...

buen comienzo de año!!!
besitos gon!

PiniPon dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
a. dijo...

lo va a ser radiohead en marzo.

teseoh dijo...

- inolvidable Dalton, tiene que volver!
- gracias Pini!.. metaaal
- a.: un recital en el Club Ciudad no puede estar nunca a la altura que hablo; ubicate por favor
jaja